LA SEGUNDA EDAD
Se extiende a partir de los 35 y los 45 años; atravesarla con objetividad y optimismo permite examinar el pasado, poner a punto el presente y apostar a un futuro más próximo al verdadero deseo personal.
Nos acercamos a los 40, y se torna muy familiar la idea de que “el futuro es hoy”. Con los cumpleaños próximos a esa fecha redonda aparecen interrogantes como: “¿Qué estoy haciendo en esta vida?”, “¿Qué quiero hacer realmente?”
Como si fuera poco, las preguntas suelen venir acompañadas de un balance de los logros y los fracasos, donde no siempre uno queda satisfecho o con sensación de bienestar. Y en algunos casos el denominador común es que las desavenencias cotidianas ayudan a ocultar la espontaneidad y surge el desgaste natural por la progresión del tiempo.
La “mitad de la vida” es el momento justo en que la persona se da cuenta de que ya no puede seguir pensando qué va a ser cuando sea “grande”; se trata de una edad en la que ya se saben demasiadas cosas como para que la vida pase a nuestro lado sin hacer nada al respecto.
La circunstancia de rondar los 40 hace que algunos se pregunten qué clase de vida hay después de la tan lozana mocedad porque sienten que entran en una etapa de estancamiento como producto del comienzo de un período de desaceleración.
Los duelos a esta edad se emparentan con la pérdida de imagen de juventud firme que ya no devuelve el espejo, se vinculan con la impresión de que ya no se puede contar con los padres como figuras protectoras y contenedoras…así es como si se diluyera la “identidad joven”.
La actitud de unir una crisis a los 40 imposibilita que la persona se piense o se revise a sí misma buceando en el rico potencial con que cuenta en esa etapa de su vida. Y los especialistas afirman que no hay ninguna razón de índole biológica, física ni psicológica como para que se desencadene una situación de tal magnitud.
¿Pero qué se puede rescatar? Si más allá de barajar números aparece un replanteo de la manera de encarar la vida, tomar conciencia de que ya no se dispone de todo el tiempo por delante puede ser el mejor motor para una vida saludable e intensa.
A la “segunda edad” se llega más relajado y en buen estado ya que hoy en día existe una tendencia a mejorar la alimentación y desarrollar actividad física. Para muchos es tiempo de volver a empezar, comienza un camino progresivo de cambios positivos.
Llegado este punto la persona revaloriza lo vivido y reordena sus prioridades, pudiendo aparecer nuevas inquietudes e intereses, contando con recursos internos como para emprender una transición hacia lo que se quiere ser…se ha capitalizado lo suficiente como para poder pensar qué es lo que verdaderamente se busca y ahora se cuenta con elementos para lograrlo.
En este período es válido ver al otro como una caja de sorpresas y también a nosotros, descubriendo aspectos y aptitudes que desconocíamos o permanecían olvidadas. Transformar la vida y el mundo en incógnitas y erigirnos en descubridores intrépidos constituyen desafíos atrapantes.
Además, en términos estadísticos la expectativa de vida se ha extendido en los últimos años. Si pensamos en nuestra bisabuela podemos recordar que a los 45 años ella seguramente sabía cómo manejar una familia, hacerse cargo de un hogar y de la crianza y alimentación de varios hijos con muy bajo presupuesto. Si hoy nos situamos en esa edad tenemos que pensar que se cuenta con otro largo período de vida por delante…por lo tanto, a doble tiempo corresponde el doble de posibilidades.
Resulta genial sentir que aún quedan energías y se está dispuesto a tomar riesgos. No hay duda de que hay vida después de los cuarenta. Y se trata de una segunda oportunidad para acercarse al objetivo más real y al deseo genuino. Por eso, cumplirlos es un pasaporte hacia una existencia definitivamente comprometida. Vale la pena celebrar.
Marisa Mason
Psicoterapia Online
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